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El Renacer de un Encuentro

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  Se asomó por la ventana, como todas las mañanas, de su planta alta en Parque Chacabuco y ella pasaba por la vereda. Incrédulo de que la vida los volviera a cruzar, miró con más atención como sospechando de que si era ella o no. Rubí se acercaba desde la esquina hacía la puerta de ese edificio, lo hacía con su bastón de madera color negro de punta firme y el paso cansino que desde hacía un tiempo la caracterizaba. Ya no desplegaba esos pasos elegantes de su juventud, ya no tenía 30 años. Ya había vivido, disfrutado, sentirlo todo. Sin embargo, conservaba su mirada pura y su sonrisa perfecta. Aquellos rasgos que se habían sellado en el corazón de Gabriel. Él, desde arriba, veía la misma silueta que almacenaba en su memoria y que nunca pudo borrar. Lo que no veía era su sonrisa, sólo la imaginaba, porque es muy difícil ver una sonrisa a tantos metros de altura y con casi 70 años. Focalizar, cuando tenés esa edad, es como intentar enhebrar   una cuerda en una aguja. Lo que par...