El Renacer de un Encuentro

 


Se asomó por la ventana, como todas las mañanas, de su planta alta en Parque Chacabuco y ella pasaba por la vereda. Incrédulo de que la vida los volviera a cruzar, miró con más atención como sospechando de que si era ella o no. Rubí se acercaba desde la esquina hacía la puerta de ese edificio, lo hacía con su bastón de madera color negro de punta firme y el paso cansino que desde hacía un tiempo la caracterizaba. Ya no desplegaba esos pasos elegantes de su juventud, ya no tenía 30 años. Ya había vivido, disfrutado, sentirlo todo. Sin embargo, conservaba su mirada pura y su sonrisa perfecta. Aquellos rasgos que se habían sellado en el corazón de Gabriel. Él, desde arriba, veía la misma silueta que almacenaba en su memoria y que nunca pudo borrar. Lo que no veía era su sonrisa, sólo la imaginaba, porque es muy difícil ver una sonrisa a tantos metros de altura y con casi 70 años. Focalizar, cuando tenés esa edad, es como intentar enhebrar  una cuerda en una aguja.

Lo que para ella, hasta ese momento, era un paseo más de tantos otros que hacía todas sus mañanas, para él era el renacer de una vida que creía sin sorpresas. Hasta ese despertar lo más vertiginoso que le pasaba a Gabriel era recibir la visita de su hijo que vivía en el exterior y que cada tanto llegaba sin aviso a golpearle la puerta. Sus días pasaban lentos como quien no tiene el apuro de esperar a nadie. La vida se le pasaba rápido como quien no tiene nada por vivir.

Rubí, todos los días, caminaba por esa vereda emparchada que conservaba las baldosas rotas pero ese día fue distinto. Ella se había despertado con ganas de un nuevo amanecer y cosas por vivir. Su meta de la jornada era terminar un saquito color crudo que le estaba tejiendo a su hija. Iba con su bolsita llena de lana para conseguir la misma tonalidad. Gabriel se había levantado más tarde de lo habitual, todavía no se había cepillado sus dientes pero necesitaba respirar el aire puro, y ahí la vio. Desconfiado de tal milagro que le proponía la vida, dudo por un momento si todo era producto de su imaginación. Se refregó los ojos, con las palmas de sus manos abiertas, y volvió a focalizar sin poder creer lo que veía. Era ella.

El mundo muchas veces hace que una persona repasé su vida en milésimas de segundos. Dicen que cuando una persona se está por morir, ve pasar toda su vida como una película. Entonces Gabriel se tocó el pecho y pensó lo peor, pero no. Esa mañana a “Gabi” se le cruzaron por la cabeza instantes e instantes que estuvieron guardados en su corazón y nunca pensó que iban a resurgir. Estaba latente la posibilidad de bajar, que ella gire su rostro, se miren a los ojos, y le pueda dar un abrazo interminable. Quizá era el momento de volver a sonreír y sentirlo todo. Quizá el saquito podía esperar un invierno más. Quizá al golpear la puerta su hijo no lo encuentre esperando.

Con el verano asomando, y con un pañuelo en la mano, bajó las escaleras corriendo. Lo hizo de la misma manera que cuando tenía 30 y pico. Llegó al picaporte de la puerta, la destrabó y sonriendo le gritó: Rubí, Rubí, Rubí.


Por Gastón Ezequiel Sosa.

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